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Línea Verde

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De cómo la curiosidad mató al gato y me dejó sin palabras:

No creí que alcanzaría a subir al Metro, y al lograrlo pensé: “qué alivio, no llegaré tarde”… Y ahora que veo todo lo que ha pasado, más me valdría haber perdido ese Metro… además… llega uno casi cada minuto… Nada de esto habría ocurrido.

La cita con el veterinario era a las siete de la tarde. Tomé la línea verde, vaya ironía. Me tenía que bajar en la estación de la calle Tarragona, era la más cercana. La consulta estaba en la esquina de Vilamarí con Consell de Cent, así que me apresuré a subirme al Metro, sin sospechar que se acercaba el fin del pobre “Rasguños”.

Mientras me acomodaba y acomodaba el transportín de mi gatito en el piso del vagón,  empezamos ambos (el gato y yo) a escuchar un silbido extraño. Yo me imaginé que algún otro pasajero estaba alegrando el ambiente con alguna tonadilla que no lograba identificar, pero Rasguños, al parecer, quiso ir más allá. Aquel pobre gato siamés con su colita tan esponjosa, su pelambre tan “naranja”, su pasividad exacerbante, acostumbrado a las "cocretas" de mi madre y a estar siempre en casa, no pensó jamás que ése sería su final.

No debí haber cerrado muy bien la jaula porque el muy bandido salió raudo a la que sería su primera y última “caza”: la de aquel pajarillo que llevaban a tomar el sol en el parque del Escorxador. La jaula del ave y la funda de tela que protegían al animalito no pudieron detener el feroz ataque de curiosidad del que fue presa mi ingenuo gato.

Fue todo tan rápido y fulminante… al ver a mi gato tan cerca, el pobre pajarito sufrió un repentino ataque de pánico que le hizo aletear con fuerza dentro de su jaulita, desprendiendo algunas plumas que alcanzaron al felino y a las que (para mi sorpresa, y la de todos los presentes) resultó ser alérgico. Ese factor desencadenó la tragedia Se me hacía increíblemente paralizante verle ahí, tieso, sobre el suelo del Metro, mientras el dueño del pajarito trataba de salvarle la vida por todos los medios, incluido un ejercicio de resucitación cardio-pulmonar, con boca a boca incluido. Nadie se lo iba a creer cuando lo explicara... “Mi gato ha muerto de un shock anafiláctico producido por unas plumas y su propia curiosidad”… o bueno, por “Curiosidad”, así se llamaba, para más inri, el hermoso ejemplar de periquito australiano que tuvimos la desgracia de encontrarnos en el Metro, en aquella línea verde.

Nota: ningún gato ha sufrido daños en la redacción de este cuento

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