Avisar de contenido inadecuado

La ropa sucia

{
}

La calmada ciudad de Littletown nunca había visto un par de forasteros tan extraños: una mujer corta, no solo de estatura, sino también de palabras, con ojos azules profundos, y un hombre completamente opuesto a esta mujer: alto, grueso como un mastodonte y con ojos que no revelarían nunca nada. Pero eso no era lo más extraño de los extranjeros: su vestimenta era, aunque abandonada, bastante elegante; parecían haber salido de un film de vaqueros o de una fiesta de disfraces de hace  mucho tiempo atrás. 

Se instalaron en el motel local, un sitio que, aún siendo el más pequeño de toda la nación, tenía un aire hogareño que se le transmitía al inquilino. Una habitación con el decorado más recargado posible, edredón rosa, cortinas a juego, alfombras del mismo color, hasta la cortina en el baño tenía ese desteñido rosa, que hacía parecer que las cosas habían contado con un tono de rojo que se había decolorado con el pasar de los años; sin embargo, todo era completamente nuevo.

Luego de instalarse empezaron a socializar con los locales, a averiguar todo sobre la insípida villa; conversaban con los lugareños, tomaban el té en el sitio más concurrido, hasta dejar de ser los forasteros y empezar a ser un misterio mayor, pues aunque conocían todo sobre la aldea, nunca nadie supo algo sobre ellos.

Un día soleado, como pocos en esta fría aldea, los extraños retiraron sus pertenencias del motel "Loly" y las empacaron en un pequeño auto negro, que se veía estrecho, pero muy veloz. Al encenderlo, el coche hacía gala de poseer un motor amañado, que se notaba podía entregar más potencia al insípido y minúsculo automóvil. Antes de abandonar Littletown, hicieron una parada en el único banco del lugar, que quedaba en el último lote construido de aquel sector; un edificio con un carácter más de hospital, que el apropiado para una sucursal de un banco. Todos en la plaza podían ver que los "desconocidos" habían entrado al sitio, también notaron la rapidez de su visita y la velocidad increíble con la que el pequeñísimo vehículo arrancó y, a la única patrulla de policía, que salía tras de ellos  con tal prisa, que era evidente que los alcanzarían antes del límite en la siguiente población.

La carretera perfecta, los dos autos que solo perturbaban la tranquilidad de aquel paraje con el ruido de sus motores, los uniformados unos cuantos metros detrás de los forajidos, no encendían su sirena; algo realmente extraño en una persecución tan furtiva. La pareja, sonriendo dentro del insignificante carro, acompañados de un par de bolsas de tela que parecían estar por reventar, divisaban ya el límite en el siguiente pueblo: una línea en el asfalto la indicaba, había sido pintada para evitar que las gentes de ambos caseríos siguiesen discutiendo por cuál de los dos era más pequeño. Como si esta condición los hiciera el mejor suburbio del país.

Unos metros antes del límite, la pequeña cafetera en que se movilizaban comenzó a fallar, contrario a los representantes de las fuerzas de la ley, que parecían alimentarse con cada kilómetro de asfalto que recorrían; pronto fue alcanzado el microscópico carromato de los forajidos, los militares frenaron rápidamente su vehículo, descendieron con lentitud ante el detenido coche de los forajidos que se hallaba con la tapa del motor abierta y  humeando a más no poder. Se acercaron a la pareja entregándoles un misterioso paquete, de iguales características que los que se hallaban en la parte trasera del mísero, pero muy veloz carruaje, propiedad de aquel par de peregrinos. El más alto de los salvaguardas se acercó al motor, lo revisó y notó que  el desperfecto no era más que un pequeño cable mal conectado; dispersó el humo con su mano, cerró con firmeza la tapa del capó de aquel armatoste que parecía una miniatura, y se despidió con gesto amable, de la dupla que lo conducía; entraron pues todos los "legales" a su patrulla y arrancaron, con igual velocidad, rumbo a "Littletown".

La mujer y aquel hombre se encaramaron dentro del casi imperceptible carrito, pusieron el paquete entregado por sus perseguidores junto con los otros, se miraron con cara de desconcierto y cierto malhumor por haber olvidado tal bulto en la habitación del motel.

{
}
{
}

Deja tu comentario La ropa sucia

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre