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Deliciosa Traición

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Pasa cadenciosa a mi lado y va poco a poco rozando mi espalda. Lo hace indiferente con ese suave andar, tan despreocupado, como si nada hubiera ya en el mundo, nunca.

Sabe muy bien lo que la sola cercanía de su piel sobre mi piel produce y aún así no se resiste al contacto. Vuelve a pasar. Sus largas y delicadas piernas no parecen tener fin.   Ahora, con aún mas desdén y caminando tan delicadamente que podría detener el tiempo: roza mi nuca, otra vez sus dedos.

Su larga cabellera dorada y lisa ondea en el viento; se acerca para susurrarme algo que la excitación no me deja entender y que termina con un golpe de aire que parece penetrarme más allá que cualquier palabra que pudiese decirme.

Se dispone a bañarse, no se percata que sigo aquí, en el borde del sofá; se va quitando prendas y la imagen de su desnudez me inunda, su piel es aterciopelada, lo noto tras cada botón de su blusa, su vientre esconde la maternidad que nunca conocerá, una cintura casi inexistente la rodea frágilmente. Y cuando su cuerpo toca sus caderas estas aparecen frondosas como si todo un ejército de bebes le hubiesen atravesado ya.

Comienza a quitarse el vaquero de tal manera que podría excitar al mismo Dios, sin embargo para ella es lo más natural y simple del día, sus muslos, que parecen salir de su nuca están torneados por ese bronceado que cubre su piel, se van descubriendo tras el vaquero y mi corazón parece explorar sus poros con una lupa. Sus pies… ese rincón de su cuerpo que esconde con pudor, ese que nadie ve y sólo yo conozco comienzan a asomarse tras sus calcetines, no puedo controlar mi cuerpo, quiero abalanzarme sobre ella, pero finjo interesarme por esa mancha oscura que imagino en la pared.

La delicadeza de su cuerpo ahora se ve resguardada en una lencería fina y tan delicada que parece tejida por ángeles. Ella despreocupada, recoge su cabello, descubriendo su cuello largo y seductor, da la vuelta y pone su espalda a mi merced. Recorro despacio con la punta de mis dedos en medio de un picaresco juego toda su columna hasta llegar al broche de su sostén. Es increíble lo que hay debajo, sus manos toman las mías como apartándolas pero, a la vez, pidiéndome, suplicándome que siga. Sus largos dedos terminan en unas uñas tan pulcras que se me hace increíble el recuerdo de ella extasiada enterrándolas en mi carne, sus nalgas cual rocas sobresalen a sus caderas tornándola perfecta, siento su vientre bajo mis manos y comienzo a buscar sus tetas, ese par de firmes y perfectas tetas, el deseo se siente flotar, están duras, puestas en el lugar adecuado, haciendo de ella un relieve curvilíneo que se me antoja perfecto.

Grandes, rosadas, con pezones casi invisibles pero que hoy están erectos y duros como anticipo de lo que será su excitación. De un golpe la volteo para poder ver como sus verdes e inmensos ojos brillan de pasión. Ese gesto que tiene su rostro siempre que el sexo está por llegar puede hacerme enloquecer de deseo. Sus labios carmesí y su ausencia de maquillaje me enamoraron de ella. La amo, o ¿ya no tanto?, su rostro fue esculpido por un artista, voy sintiendo sus manos de nuevo sobre mi piel, va desvistiéndome mientras besa mi cuello, mis labios. Amaga el ir más abajo pero se decide por tocarme y sentir la humedad que esconde mi feminidad, se saborea, demuestra su excitación. Y esa calma y pausa que desde siempre la han caracterizado, dejan paso al salvaje gusto por nuestros ya conocidos encuentros. Busca mis pechos con su boca, los reconoce, los ha visto miles de veces, dice que es como mirarse en un espejo, ¡lo es!, no sé qué quiere pero se sienta sobre mí cual si yo pudiese penetrarla más allá que con mis dedos, la recorro entera, la siento húmeda, caliente y mía, solo ha sido mía, me retuerce el corazón, ha sido mía toda su vida y yo suya, y de él, hemos estado haciendo esto toda nuestra vida, tanto que parece que nacimos haciéndolo.

Me recorre entera, desliza sobre mí su lengua, no lo controlo. Ella decide cuándo y cómo será. La tomo suave y la empujo con fuerza, quiero que sepa que aún por poco sigo siendo la mayor. La froto, me froto, es un descontrol de sentidos, los besos son tan sutiles que bien evidencian nuestra verdadera relación, la consanguinidad. Acaricia mi clítoris, es indescriptible su conocimiento de mi. Quiero que siga besándome, pero ella lo decide todo, baja a cortos y sublimes besos, lamidas y chupones, posa su lengua en mí. Lo hace experta, tiene ya más de 20 años de experiencia, estamos juntas de toda la vida  y desde niñas hemos buscado esto, siempre nos hemos deseado más que a cualquier otra cosa o persona en el mundo. Nos bañábamos juntas y a espaldas de lo que nuestros padres pudieran ver, jugueteábamos con nuestros cuerpos. Ahora lo recuerdo, recuerdo esa primera vez… Quiero hacerlo y asquearme, pero por el contrario  mi orgasmo sobreviene, gimo, grito, convulsiono, siento su cuerpo sudoroso y húmedo sobre mí, lleva mi mano, busca que la refriegue, quiere un orgasmo y el mío parece no acabar cuando en sus ojos veo brillar esa luz de insaciable necesidad de mí, tomo sus tetas en mis labios, y su clítoris en mis manos, la penetro, hoy quiero violentarla, quisiera amarrarla y castigarla, lo merece, me ha traicionado; quiero marcarla y sigo pensando en cómo hacerle pagar, estoy tan concentrada en eso que no noto que grita de placer, pide más, me dice que hoy estoy como una salvaje, que está a punto de estallar, que se corre como nunca, parece perder el sentido, su orgasmo es un estallido y de desvanece sobre mi mano quedando lánguida a mi lado.

De mi qué les puedo decir que no les haya dicho ya. Nos he descrito bien, somos hermanas, SÍ, gemelas. Y aún así ella no tiene idea que sé de su amorío y traición  con mi marido, ése al que amo tanto, que me penetra en las noches y desconoce mi secreto, ese que amo con locura por quien lo dejé todo, hasta a ella. Ése que ella sabe cuánto necesito, lo ha seducido y llevado a mi cama, inocente de mi presencia.

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