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Dejando atrás

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Perdida, abandonada, encerrada, así estoy aunque ya no sienta nada. La gente pasa, me mira, se sorprenden, les estorbo, les fastidia verme aquí, a algunos se les antoja macabra la idea de mi abandono. Ocupo un espacio que no permite a los demás pasajeros del Metro estar cómodos, me han dejado aquí a la merced de la caridad humana, pero al parecer en esta línea 1, entre Hospital de Bellvitge y Fondo, en esta hora punta y entre tanta gente, la caridad “humana” ha decidido huir despavorida, habrá tenido miedo de mí.

Al subir en la parada de “Rocafort”, no sospeché que me dejarían aquí. No ha sido un descuido, está claro, nadie se olvida algo así, al parecer ha sido todo muy bien planeado y ahora me encuentro hecha polvo en medio del Metro. Ya no puedo levantarme, no puedo moverme, no puedo evadir las miradas inquisidoras y de desprecio que muchos me lanzan. Este es un destino que no imaginé jamás, y sólo al llegar al final de la línea, en la parada de “Fondo” cuando el revisor fiscalice todo el tren y me encuentre aquí abandonada cambiará otra vez mi destino. Deberán decidir qué hacer conmigo, si llamar a la policía, o simplemente abandonarme de nuevo en alguna calle, en algún otro insólito  lugar, o simplemente en un contenedor de basura. Parece lógico.

Debería estar reposando y en cambio estoy siendo mecida por las vibraciones suaves del Metro sobre los rieles, solo puedo imaginar lo que toda esta gente que va pasando a mi alrededor piensa, y sin embargo yo ya no se qué pensar, ni puedo hacerlo.

Los motivos de mi abandono no me están del todo claros, ¿Siempre fui un estorbo? Quizás ¿sólo en estas circunstancias él no supo que más hacer conmigo y decidió dejarme aquí? ¿Cómo tomó la decisión de bajar en la plaça Catalunya? ¿Por qué esa estación específicamente?, ¿porque era mi favorita? ¿Qué lo inspiro a hacerlo? ¿Desde cuándo lo pensaba? ¿Es una venganza?

Bueno, el Metro no es un mal lugar para mí, siempre me fascinó su funcionamiento, su puntualidad, su “fauna” y su “flora”, su loquitos, sus prisas, su gente educada y maleducada, su solidaridad y su repulsa, su desprecio y todo lo que en definitiva lo hacía un lugar especial para mí. Siempre dije que tenía anécdotas del Metro como para escribir un libro, como me arrepiento de no haberlo hecho. Escribí tanto y ahora solo puedo contar como me han abandonado, sola en medio de esta línea, sobre estos rieles, convertida en ceniza y metida dentro de esta urna. ¡Está claro que nunca quise un entierro… pero esto es absurdo!

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