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Anibal y yo

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Aníbal habla con voz pausada y tan calmada que podría tardar horas en pedir un simple "expresso con dos de azúcar y sin crema"; su tez blanca, reluciente, y  su forma de vestir impecable, dan a entender que trabaja como un alto ejecutivo o como cajero en un banco; esto se sustenta también por su prisa al caminar, tan contrastante con su voz, aunque en realidad Aníbal no trabaja; es uno más de los menesterosos que tienen las calles de esta ciudad.  

Sin embargo, su buen lucir, su calma en la voz y veloz andar, pueden confundirlo con cualquier empresario de la ciudad. Pero él jamás ha pertenecido a este círculo social. Aníbal nació pobre y está muy convencido de que así morirá. Su madre le enseñó que el ser pobre no era excusa para no estar bien presentado y hacer gala de una pulcritud envidiable.  

Es ya reconocido como el ejecutivo de la Calle 7ª con la Avenida Principal, en donde suele estacionarse a gestionar los donativos que los transeúntes le entregan para invertir en sí mismo. Alcanza a recoger diario una media de 500 canos, a los que saca el mayor provecho: $25 al cuidador del baño público que le deja bañarse antes de abrir, y le regala muestras de jabón y champú como parte del trato; $75  que le da al camarero del restaurante "El Mar de Suiza", quien reúne lo sobrado en todos los platos de la noche para dárselos al "financiero", mote con el que le había bautizado; $100 para doña Ifigenia, quien le permite dormir en el garaje, pero eso sin derecho a guardar nada:

—Vea mijito, yo lo dejo dormir en el garaje, en el catre ese que ya no se usa, pero no me traiga basura de la calle; vea que yo lo dejo porque sé que usted es de buena familia y algún día va a recuperar todo lo que tuvo—  

Ya Aníbal estaba cansado de corregirla, y la dejaba en su error; $50 más a Julio, el reciclador, que le entrega cualquier suerte de libro o revista con la que distrae las horas muertas que no pasa "gestionando la caridad ajena", como se dice a sí mismo; $10 en el "expresso, con dos de azúcar y sin crema", de la mañana, una buena forma de despertarse y tener energías hasta la hora de la única comida, en el restaurante cuyo nombre era una total falacia, tal y como lo era su presuntuosa limpieza y calidad, aún siendo el más lujoso de la ciudad; otros $30 para la lotería, que apunta todos los días religiosamente y aspira, con cifras estadísticas, algún día ganar; en alguna oportunidad tuvo suerte y acertó más de dos, de las siete cifras, y fue premiado, más que con el reintegro de su apuesta, con un poco más de dinero que, junto con el resto de su beneficio diario, fue enviado para pagar el mejor asilo de reposo para su madre, y hasta le alcanzó para comprar un libro completamente nuevo.  

Como ven, es Aníbal todo un ejecutivo de la mendicidad; su madre se codea con las madres de los propietarios de las empresas más grandes del país, pero la suya, a diferencia de las otras madres, hace alarde de tener un hijo que sí le ama y la visita tres veces por semana.

  Su buen andar y vestir puede engañar a cualquiera y generarle desconfianza a la hora de proporcionarle la limosna correspondiente, pero su constancia en esa esquina le hacía poseedor de lo que muchos del gremio, al que el asemejaba pertenecer, llamarían "Goodwill": ya tiene clientes que le conocen y hasta le tratan con el respeto que se le da a uno de su mismo nivel.

  Y todo esto ocurre a la sombra de la calle más productiva, de la ciudad más productiva, del estado más productivo, del país más productivo, del planeta más productivo, en la galaxia más vacía de todo el universo existencialista de la mente improductiva de esta escritora.

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Comentarios Anibal y yo

Hermoso tu cuento! Qué bien escribe mi  hija! Yuhuuuu!
Te aporto algunas correcciones ortográficas y de puntuación, que ayudan a leerlo mejor.
Besos de tu papá que te quiere mucho y te extraña.
¿Te vas a quedar a vivir en Barranquilla?
« A Veces Quisiera Escapar,
Pero ...

Anibal y yo
por naninachi
miércoles, 07 de
noviembre del 2007 a
las 08:40
Temas: Anibal Y Yo
Aníbal habla con voz pausada y tan
calmada que podría durar horas en pedir un simple "expreso con dos de
azúcar y sin crema"; su tez blanca, reluciente, y  su forma de vestir
impecable, dan a entender que trabajaba como un alto ejecutivo o como cajero en
un banco; ésto se sustenta también por su prisa al caminar, tan contrastante
con su voz, aunque en realidad Aníbal no trabaja; es uno más de los menesterosos
que tienen las calles de esta ciudad.
Sin embargo, su buen lucir, su calma en
la voz y veloz andar, pueden confundirlo con cualquier empresario de la
ciudad.  Pero él jamás ha pertenecido a este círculo social. Aníbal nació
pobre y está muy convencido de que así morirá.  Su madre le enseñó que el
ser pobre no era excusa para no estar bien presentado y hacer gala de una
pulcritud envidiable.
Es ya reconocido como el ejecutivo de la
calle 7ª con la avenida principal, en donde suele parquearse a gestionar los
donativos que los transeúntes le entregan para invertir en sí mismo. 
Alcanza a recoger diario una media de 500 canos, a los que saca el mayor provecho:
$25 al cuidador del baño público que le deja bañarse antes de abrir, y le
regala muestras de jabón y shampoo como parte del trato; $75  que le da al
mesero del restaurante "El Mar de Suiza", quien reúne lo sobrado en
todos los platos de la noche para dárselos al "financiero", mote con
el que le había bautizado; $100 para doña Ifigenia, quien le permite dormir en
el garaje, pero eso sin derecho a guardar nada:         - "vea mijito, yo lo dejo dormir
en el garaje, en el catre ese que ya no se usa, pero no me traiga basura de la
calle; vea que yo lo dejo porque se que usted es de buena familia y algún día
va a recuperar todo lo que tuvo." Ya Aníbal estaba cansado de corregirla,
y la dejaba en su error; $50 más a Julio, el reciclador, que le entrega
cualquier suerte de libro o revista con la que distrae las horas muertas que no
pasa "gestionando la caridad ajena", como se dice a sí mismo; $10 en
el "Expreso, con dos de azúcar y sin crema", de la mañana, una buena
forma de despertarse y tener energías hasta la hora de la única comida, en el
restaurante cuyo nombre era una total falacia, tal y como lo era su presunción
que hacía de limpieza y calidad, aun siendo el más lujoso de la ciudad; otros $30
para la lotería, que apunta todos los días religiosamente y aspiraba, con
cifras estadísticas, algún día ganar: en alguna oportunidad tuvo suerte y
acertó más de dos, de las siete cifras, y fue premiado, más que con el
reintegro de su apuesta, con un poco más de dinero que, junto con el resto de
su diario, fue enviado para pagar el mejor asilo de reposo para su madre, y
hasta le alcanzó para comprar un libro completamente nuevo.
Como ven, es Aníbal todo un ejecutivo de
la mendicidad; su madre se codea con las madres de los propietarios de las
empresas más grandes del país, pero la suya hace alarde de tener un hijo que sí
la ama y la visita tres veces por semana.
Su buen andar y vestir puede engañar a
cualquiera y generarle desconfianza a la hora de proporcionarle la limosna
correspondiente, pero su constancia en esa esquina le hacía poseedor de lo que
muchos del gremio, al que el asemejaba pertenecer, llamarían
"Goodwill": ya tiene clientes que le conocen y hasta le tratan con el
respeto que se le da a uno de su mismo nivel.
Y todo esto ocurre a la sombra de la
cuadra más productiva, de la ciudad más productiva, del estado más productivo,
del país más productivo, del planeta más productivo, en la galaxia más vacía de
todo el universo existencialista de la mente improductiva de esta escritora.
Nard- papá Nard- papá 07/11/2007 a las 13:22
Mis respetos con quitada de sombrero y todo!.
Loourdes Maria Loourdes Maria 07/11/2007 a las 19:18
Hola Mestiza,
Me mueve la tripa notar que estas sacandole provecho al exilio . Up and ahead!
un besote
Caledonius
Raul Raul 08/11/2007 a las 02:46

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